Por qué el pesimismo es humano y el optimismo es divino

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Nuestra actitud frente a las cuestiones de la vida revelan nuestro carácter. Muestran lo que hay en nuestro corazón, o lo que hemos dejado entrar allí. Una mala contestación, una reacción agresiva, o incluso una manera negativa de ver los sucesos pueden ser parte del problema.

En la Biblia hay dos ejemplos bien contrarios respecto a esto. Y son padre e hijo. Jacob, desde muy joven estaba lleno de conflictos: con su padre, con su hermano, luego con su suegro … y cada uno de esos problemas lo llevó a dejar el lugar en el cual estaba. José, uno de sus hijos, nunca buscó dejar su lugar, pero pareciera que algo lo llevaba de un espacio a otro, y no permitió que esos lugares lo definieran: ni el pozo en el cual lo tiraron sus hermanos, ni la casa en la cual trabajó como esclavo, ni la cárcel en la cual lo dejaron por un delito que no cometió.

¿La diferencia? La perspectiva con la cual veían las cosas. Jacob, quien fue transformado luego de su encuentro con Dios (la Biblia lo relata muy bien en Génesis 28), retuvo su actitud negativa aún hasta los últimos días de su vida (Génesis 47:9, nos muestra sus palabras al hablar con el Faraón). Pero José no era así; a pesar de todo lo que le había ocurrido, siempre fue optimista, y reconoció hablando con sus hermanos pasado el tiempo, que Dios lo envió allí para preservación de la familia (Génesis 45:5). Y que aún el mal que quisieron hacerle, Dios lo transformó para bien (Génesis 50:20).

Al final la diferencia entre padre e hijo es clara: la mirada humana de Jacob, contra la mirada celestial de José. El resultado, bien diferente y a la vista.

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